| Toma Cuatro - EL MAR |
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| Escrito por Buscemi | ||
| viernes, 11 de noviembre de 2005 | ||
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Tengo suerte. No lo puedo negar, y aunque tampoco me guste demasiado vanagloriarme de ello, la verdad es que la tengo. Vivo en una ciudad desde la que, a poco que camines dos pasos, te encuentras una inmensa ría, con unas maravillosas islas al fondo, y cuando anochece en verano el cielo se pasea por una gama de colores que van desde el naranja y el rojo intenso hasta el azul triste que se vuelve negro mientras las salpicaduras titilan. Pero todo ello no sería lo mismo si no hubiese mar.
No recuerdo exactamente la primera vez que me fijé en su presencia, pero sí recuerdo una noche en la que un grupo de amigos nos sentamos en lo alto de una montaña, frente a él, inmenso, y charlamos y charlamos en la mejor compañía. Y recuerdo un amanecer dentro del coche que no habría sido igual si el mar no estuviese frente a nosotros. Recuerdo las Islas Cíes y las olas golpeando las rocas con violencia, en el puente que une las dos islas principales. A veces me asomo a la ventana y huele a mar. Huele a rocas, huele a espuma, huele a fresco. Supongo que es algo genético, pero al fin y al cabo, de allí venimos todos. De alguna manera, ese baño al principio del verano, ese mecerte entre las olas, ese sonido a lo lejos, en la tienda de campaña, que te arrulla mientras te vas quedando dormido, es una manera de volver a casa. Como un niño que lo mira por primera vez, todos los años me quedo idiotizado cuando me acerco hasta él para mojarme los pies, para dejarme llevar, para dar un par de brazadas o simplemente para sentarme en la orilla y mirarlo con los ojos abiertos como platos. Me llama, me seduce, me impregna, libera mi mente de todas esas tonterías que al final nunca conducen a nada bueno, y consigue que me sienta un poco más cerca de mí mismo, un poco más tranquilo, un poco más libre. Supongo que comunión sería la palabra adecuada, pero se queda corta. Pero huele a sal, y siento que un frío recorre mi espalda mientras todos los poros de mi piel le dejan paso, le admiten, le saludan y se sienten unidos a él. Después del invierno, siempre queda el regreso a casa.
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