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Toma Nueve - LO QUE QUEDA PDF Imprimir E-Mail
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Escrito por Buscemi   
viernes, 11 de noviembre de 2005
En la columna de ayer comentaba algo sobre dos conversaciones inesperadas que se habían producido en la noche anterior. Y, curiosamente, me he dado cuenta de que ambas conversaciones hablaban, a su manera, casi sobre lo mismo.

Aquello que, por circunstancias, por deseo propio o inconscientemente, dejamos en las personas que nos rodean, nuestros amigos, nuestros compañeros de trabajo, nuestras parejas, nuestra familia o nuestros vecinos. Y no hablo de regalos, o incluso de olores o de marcas de mordiscos. Hablo de eso que nos queda de la otra persona cuando no está a nuestro lado, cuando se va, cuando se ha tenido que ir, cuando desaparece y no sabemos a ciencia cierta si volverá en algún momento o de alguna manera.

Porque cuando esa persona, nuestro más querido amigo, aquella chica con la que compartimos desayunos durante años, aquel compañero de trabajo que estuvo a nuestro lado durante media década, desaparece del lugar que ocupaba habitualmente, la costumbre se resiente. Y la costumbre tiende a querer llenar ese hueco, pero termina comprendiendo que eso no es posible, y entonces la costumbre se acostumbra.

Una canción, una calle, una broma, un paisaje, un sonido, también cómo no, un olor, puede que sean cosas que hemos compartido con ellos, y ellos con nosotros, pero de alguna manera ese compartir ha obligado a aquella persona a dejar algo de ella misma a nuestro lado, muy cerca, tanto que permanece latente mientras el recuerdo duda entre aparecer o no, inesperadamente casi siempre, y traernos a los sentidos a aquella persona a la que, inevitablemente, echamos de menos aunque nos engañemos día tras día, año tras año, pensando que sólo fue una etapa de nuestra vida, y que esa etapa, la de su amistad, la de su colegueo, la de su cariño, la de su amor, se cerró.

Y nos engañamos y nos mentimos porque así forzamos a la costumbre a acostumbrarse, de la misma manera que nos forzamos todos los días a poner buena cara ante extraños, a decir que el café que hace alguien nos parece delicioso para no herir sus sentimientos, a fingir que ha sido un velada como ninguna cuando en realidad estamos haciendo un nuevo acto de amistad, de cariño o de amor. Y ese acto se quedará, de seguro, en esas personas que nos rodean y con las que compartimos horas, minutos y segundos, de tal manera que, cuando a nosotros nos toque ir hacia otra parte, esas personas recordarán la buena cara que les poníamos, cómo nos gustaba su café, lo bien que lo pasamos siempre con ellos.

Dejan sensaciones en nosotros, nosotros las dejamos en ellos, y ellos a su vez recuerdan a quienes se desviaron de su vida, mientras ellos mismos se desvían de la vida de otros a los que no conocemos, pero con quienes tenemos en común momentos compartidos, sensaciones lanzadas al aire, deseos superados, miedos y alegrías.

Y la espiral crece día a día, mientras la orquesta que todos formamos nunca deja de tocar los compases que nos recuerdan aquella calle, aquella canción, aquel paisaje, aquella broma, aquella mirada, aquellos ojos brillantes, aquel tono de voz, aquel café, aquella velada, aquellos sueños compartidos.

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