| Toma Diez - CUANDO EL RIO SE HACE MAR |
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| Escrito por Buscemi | ||
| viernes, 11 de noviembre de 2005 | ||
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Volviendo de A Coruña el otro día, en cierta emisora que escucho a menudo dedicaban el fin de semana a hacer una selección de las canciones favoritas de varios cantantes y cantautores de habla hispana. Pedro Guerra eligió como una de sus canciones preferidas Mediterráneo, de Joan Manuel Serrat, y claro, de esa manera curiosa y extraña que tiene el cerebro para recordar, relacionar y seleccionar, ha surgido hoy esta columna.
Será porque mi niñez sigue jugando en tus playas, y escondido tras las cañas duerme mi primer amor... A partir de entonces, yo ya casi ni escuchaba la canción, o mejor dicho, la canción me mecía, me llevaba mientras conducía en una mañana de domingo soleada y fría, con la autopista casi desierta. Pero yo no estaba allí. Me encontraba a cientos de Km, en mi barrio, el barrio donde transcurrió mi niñez, donde jugábamos al fútbol en medio de la carretera porque apenas pasaban coches, y el barrio en el que vivía una chica de ojos verdes y larga melena cenicienta que me robaba las miradas todos los días. Su familia vivía frente a la mía, separadas nuestras ventanas y nuestros edificios por aquella pequeña carretera. Durante las noches de verano, nos asomábamos a la ventana, y nos encontrábamos frente a frente, y permanecíamos en silencio, mirándonos, sonriendo, sin hablar. Cuando nos encontrábamos en la tienda del barrio, nos mirábamos de reojo, y yo sentía que todo mi cuerpo temblaba y que me ruborizaba mientras ella pasaba a mi lado, acompañando a su madre. Cuando esto ocurrió, no teníamos más de diez años. Y así pasaron dos veranos y dos inviernos, y así pasó el tiempo y entonces comenzaron a salirme granos en la cara y ella comenzó a salir con sus amigas, y yo con los colegas del barrio, y seguíamos cruzándonos miradas y bajando los ojos en silencio. Y, aunque teníamos esa edad en la que uno quiere presumir y cuenta cosas y se las da de lo que no es, yo seguía sintiendo como el cuerpo me temblaba y como el rubor recorría mis mejillas. El edificio en el que su familia vivía ya no existe. Lo tiraron para construir otro. Y la tienda del barrio, pequeñita, donde nos vendían un bocadillo y una coca cola por 40 pesetas tampoco existe. De hecho, ya ni siquiera existen esas pesetas prácticamente... Una mañana de domingo llegó el camión de la mudanza y estuvo cargando muebles, y ella se fue con su familia. Lo vi todo desde mi ventana. Y, cuando entró en el coche de sus padres, ella levantó la mirada y miró hacia mi ventana, me miró a mí, y aun puedo jurar que estaba triste. Lo juro porque lo sé, y si estoy equivocado no me importa, porque nada en esta vida me lo hará ver de otra manera. Ella estaba triste, yo estaba triste, y el coche se fue, y ya nunca más supe de ella. Y años más tarde, alguien me dijo que el río en el que todos nos bañamos cuando somos jóvenes es un lugar familiar, pequeño y acogedor, desde una orilla se ve la otra, lo podemos cruzar a nado sin demasiados problemas, y por mucho tiempo que pase, siempre seguiremos sintiendo su olor, su frescor, la calma de su latido y la fuerza de su corriente. Esa corriente, más pronto o más tarde, nos arrastra, y entonces el río nos lleva sin que podamos impedirlo, y el río se hace mar. Me gusta el mar... pero necesito volver al río de vez en cuando.
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