| Cien años de John Wayne |
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| Escrito por Gretel | ||
| sábado, 26 de mayo de 2007 | ||
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Su poderosa estampa, recortada sobre las mesas calizas de Monument Valley, llegó más allá de la representación del Oeste de sesión continua para encarnar al Séptimo de Caballería y al Imperio del Rifle y la Biblia. Y a la doctrina Monroe de la mano dura y a los postulados ultraconservadores del senador Goldwater. Y a Vietnam y al exacerbado anticomunismo, hasta convertirse en las Torres Gemelas de un Stalin paranoico que se obsesionó con asesinarle como si con él destruyese otra vez la flota de Pearl Harbour (aunque suene a trama de mal serial, le envió en varias ocasiones a los siniestros camaradas del KGB para liquidarle, hasta que Krushchev canceló la delirante orden en 1953).
Colocó un Oscar sobre su chimenea y se puede leer su nombre grabado en una de las estrellas que pavimentan Sunset Boulevard. Además, su estatua de bronce recibe a los viajeros que llegan a la Tierra Prometida a través del Aeropuerto Internacional del Condado de Orange, en California, y es la única figura de la farándula a la que el Congreso reconoció con la Medalla de Honor. En 1979, sus compatriotas le eligieron el segundo americano más famoso de la historia después de Abraham Lincoln. Dejó atrás a Washington y a Franklin, y a los astronautas y al ratón Mickey. John Wayne simbolizaba las Rocosas y el águila de cabeza blanca, el dólar, la chimenea encendida y la tarta de manzana. Y, sin embargo, también era un actor. Y un actor de primer orden, con una concepción física de la interpretación, puramente intuitiva y visceral, pero tremendamente eficiente y con registros tan sutiles que, por ir vestidos de chaparreras y sombreros de Texas, parecía que no existían. Dar vida a vaqueros aparentemente sólo exigía presencia y un par de espuelas, pero Wayne les concedía profundidad sin métodos introspectivos ni trucos de academia, escondiendo los matices entre una panoplia de gesticulaciones muy reconocibles. Por ejemplo, en la trilogía de la Caballería de John Ford ('Fort Apache', 'Río Grande' y 'La legión invencible', rodadas prácticamente seguidas a principios de los 50) interpretó tres papeles aparentemente idénticos, al tratarse de tres militares acantonados en fuertes desguarnecidos en mitad del territorio indio, pero que en realidad poseían personalidades diferentes: un joven capitán comprensivo con el enemigo, un maduro oficial con conflictos familiares y un viejo coronel a un paso del retiro. Wayne compuso tres sólidos personajes dignos de crédito, uno impetuoso, otro atormentado y el último reflexivo, con la misma casaca azul y las mismas botas, y sin más muletas que un bigote en la segunda y unas canas de mentira en la tercera. Pero como nunca hizo un Marco Antonio ni un psicópata con temblores, los actores de Broadway siempre le miraron por encima del hombro. John Wayne rodó 150 películas a lo largo de medio siglo de carrera. Al menos media docena de ellas son obras maestras del cine. Empezó en los seriales de cowboys y cuatreros hasta que Raoul Walsh le dio su primer papel protagonista y John Ford intuyó sus posibilidades, en las que apenas nadie creía. Descubrió que, detrás de su apariencia perezosa, podía moverse con la gracilidad de un gato grande. Howard Hawks decía que representaba más fuerza y más poder que cualquiera otro en la pantalla, y es que cuando Wayne entraba en el plano era inevitable mirarle. Fue el ingenuo Ringo Kid y el racista Ethan Edwards, y fue el Hombre Tranquilo de una Irlanda que nunca existió. Y al final, cuando se puso gordo y millonario, se inventó su propio personaje que, cuando no lo atenuaba un director fuerte, se alimentaba sin ningún pudor de referencias propias tanto artísticas (en uno de los números de 'El fabuloso mundo del circo', giraba el rifle con el mismo gesto con el que detuvo 'La diligencia' de John Ford 25 años antes) como políticas (en 'El gran McLintock' Chill Wills le preguntaba «¿Qué es un reaccionario?», y Wayne respondía: «Pues yo, creo»). Y como sus películas daban dinero no gastó un segundo en desmentir a los críticos ilustrados y llegó a afirmar: «A nadie le gusta mi manera de actuar, excepto al público». El caballo de Troya Como no podía ser de otra forma, a John Wayne lo mató América. No pudieron con él ni Liberty Valance ni los 'japos' de Iwo Jima. No pudo con él ni Stalin. Como no se le podía matar en buena lid, en la calle principal del pueblo, tuvieron que meterle dentro un caballo de Troya del que salió un cangrejo. En 1958 se embarcó en el rodaje de 'El conquistador de Mongolia', una película mala a rabiar en la que interpretaba un papel que no le iba, el del caudillo Genghis Khan. Los desiertos de Asia se filmaron en Saint George, Utah, en donde el ejército había ensayado pruebas nucleares. A los productores se les aseguró que no había riesgo de contaminación radioactiva pero, con el paso de los años, casi cien miembros del equipo de rodaje murieron de cáncer, entre ellos el director Dick Powell y los actores Pedro Armendáriz, Susan Hayward y Agnes Moorehead. A Wayne le localizaron el suyo en el pulmón izquierdo en 1964 y se peleó con él durante quince años, en los que entró y salió del quirófano como del saloon de Río Bravo, hasta que mordió el polvo en 1979. John Wayne se casó tres veces con tres mujeres hispanas y dejó escrito su epitafio en español. Decía «Feo, fuerte y formal». Le enterraron en el cementerio de Newport Beach, en una tumba cuya ubicación sólo conoce la familia para evitar la peregrinación de sus admiradores. Se dice que un desconocido lector de Poe deja sobre la lápida del escritor, todos los aniversarios, una rosa y una botella de brandy. Si se supiese dónde está la de John Wayne, seguramente alguien dejaría sobre ella una botella de whisky de Kentucky y un trebol de Innisfree, cortado en el prado donde se levanta la casa en la que besó a Maureen O'Hara.
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